ARTILLERÍA NAVAL SIGLOS XVIII-XIX

Batalla-de-Trafalgar

LA ARTILLERÍA DE LOS SIGLOS XVIII-XIX:

Durante los siglos XVIII y XIX, el Ejército utilizó artillería de bronce y la Marina de hierro. Para los marinos, la razón de su preferencia por las piezas de hierro colado se basaba en su peso, inferior a las de bronce, así como en que estas últimas conservan la propiedad sonora del cobre en sus disparos y estallidos y esta cualidad inherente al bronce, hace insoportable en unas baterías cerradas, como las cubiertas de los buques, el retumbo y especie de retintín al tiempo de sus disparos. Para los artilleros del Ejército no había otra razón que la económica el artillado de un buque requería de un considerable número de piezas y con lo que cuesta una pieza de bronce se hacen diez de hierro.

En España, durante el siglo XVIII las piezas de bronce se fundieron en Sevilla y Barcelona. En 1802 se suprimió la fundición de  Barcelona y la de Sevilla quedó como única. Las piezas de hierro se fundían en La Cabada y Liérganes. Avanzado el siglo XIX, pasaron a fundirse en Trubia. El sistema de fundición fue el de “moldeo en hueco”, mediante el que se obtenían las piezas con el ánima horadada que posteriormente debía alisarse.

XVIII canonbronce

Mediado el siglo XVIII se adoptó, en la fabricación de piezas reglamentarias de bronce y de hierro, el denominado “moldeo en sólido de la fundición se obtenía un bloque macizo “al que había luego que perforar para darle el hueco del ánima; ello se hacía barrenandolo por medio de prensas hidráulicas, que aseguraban una mayor dureza a las capas interiores del metal, precisamente las que habían de resistir de modo directo las presiones de la pólvora.

Las piezas de bronce se acreditaban muy superiores a las de hierro colado, propensas a reventar. Las piezas de hierro forjado sí se adivinaban capaces de competir con las de bronce, pero su manufactura era también más costosa que las de hierro colado, y sus ocasionales proyectos de introducción tropezaron siempre con la decidida oposición de los partidarios del bronce.

A lo largo del XVIII se estandarizaron los calibres: había cañones de 36, 32, 24, 18 y 8 libras.

Un navío español de tres puentes como el San José contaba con 30 piezas de 36 en la cubierta inferior, 32 de 24 libras en la cubierta media, 32 de 18 libras en la cubierta superior y 18 de 8 libras en el alcázar.

Los navíos británicos, buscando reducir el peso, montaban en su cubierta inferior piezas de 32 libras, en vez de 36.

Los cañones disparaban distintos tipos de munición según conviniera. Una pieza podía cargarse con:

Balas sólidas para perforar el casco, Palanquetas que consistían en dos balas encadenadas entre sí para dañar los palos y el velamen. Balas rojas, calentadas al rojo vivo para provocar incendios y Granadas o metralla para herir al personal

XVIII palanqueta1

Elegir uno u otro estaba al arbitrio del capitán del buque, que podía ordenar desarbolar al enemigo (la opción preferida por todos, ya que capturar el casco intacto suponía un botín a repartir entre toda la tripulación que completaba los magros salarios), disparar el casco para hundir al enemigo o acribillar al personal para preparar el abordaje.

Cada pieza necesitaba muchos servidores, los de calibres mayores podrían requerir cinco o seis artilleros especialistas para limpiar, recargar y apuntar y ocho o diez marineros para volver a colocar el cañón en sus sitio tras el retroceso de cada disparo.

Los cañones no se disparaban todos a la vez porque el retroceso podría dañar la estructura del navío. Se disparaban en rápida sucesión, de proa a popa o viceversa.

La tripulación de cada bando calculaba el tiempo necesario de recarga de los cañones enemigos y así sabía perfectamente cuando iban abrir fuego, con lo que buscaban toda la protección que fuera posible en el momento del cañoneo. Para contrarrestar esto se comenzó a disparar por tandas, primero se abría fuego con la mitad de las piezas, por ejemplo, y cuando los marinos enemigos salían de sus refugios para volver a ocupar sus puestos se abría fuego con la otra mitad de los cañones.

Se ensayaron distintas combinaciones para confundir al otro bando y causarle más bajas.

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